jueves, 15 de septiembre de 2011

Mi momento

Cielo.

De pronto podía ver el cielo sobre mi. Había llegado a un pequeño claro del bosque en el que las frondosas copas de los inmensos árboles se había replegado para dejarme ver las estrellas. 

Era de noche. Una noche cálida y luminosa. La luna brillaba con fuerza y barnizaba la tierra con su color blanco perla. Las estrellas vestían su mejor vestido de luz a lo lejos y, como en un baile, se reunían unas con otras formando hermosas constelaciones.

No recuerdo el tiempo que llevaba sin verlas, apenas pude contener las lágrimas. Estaba tan cansado, tan físicamente agotado y, sin embargo, me sentí en calma. Deje de caminar y me senté en el suelo. No por agotamiento ni como intento en vano de rendición. Me senté simplemente a contemplar aquel hermoso espectáculo. Ya caminaría mañana. Ya lucharía pasado. 

El clima era perfecto, una suave brisa refrescaba la noche de verano. Todo estaba en silencio, en un silencio suave y puro, como el que me acompañaba en aquellas, ya lejanas, noches en mi charca.

Miré la vista atrás y me sentí orgulloso. Había librado ya tantas batallas, había aprendido tanto. Había sido duro ¡claro! Pero ya no era aquel niño asustado que salía por primera de la falda de su mamá.

Mañana, cuando abandone el claro, volverán los miedos, las preocupaciones, el dolor y la fatiga. Pero esta noche, aunque solo sea esta noche,… dormiré sintiéndome seguro.

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